Este último cuatrimestre he podido experimentar lo que es un aula de infantil en realidad. Los viernes como no tenemos clases, he acudido al aula de 3 años del colegio de mi pueblo, CEIP Ntra. Señora de la Asunción, todo gracias a que mi primo pequeño se encuentra en esa clase y que la profesora fue tutora de mi hermana. Pude ver las rutinas que había en el aula, las actividades planificadas, pero no me imaginaba lo que realmente era una clase de niños de 3 años. La clase cuenta con 20 alumnos en los que se incluyen un niño TEA y otra niña con discapacidad física. Además, muchos niños son marroquíes y no entienden bien el idioma.
Hay pocos niños en la clase que sepan hablar bien y con claridad por lo que dificulta la realización de algunas actividades. He podido ver que hacen actividades los viernes donde viene algún familiar a última hora de la mañana para jugar a juegos de mesa y he podido ver distintas relaciones entre la familia y la escuela.
Algunas familias participan de forma continua en las actividades y están más pendientes del progreso de sus hijos. Pero también he visto un caso donde una familia, de bajo nivel socioeconómico, no participaba, ni asistía a las tutorías, ni quería hablar con la tutora a la salida. Este caso comienza con que la madre hace muchos días que no lleva a su hijo a clase, este va bastante atrasado en comparación con otros compañeros por lo que la maestra se encontraba preocupada. A esto le incluimos que no acude a las actividades donde las familias deben participar y que cuando le ha tocado la mascota de clase, no la ha llevado en dos semanas cuando realmente es solo un finde.
La tutora, un día a la salida, quería hablar con ella, pero la madre no se presentó a por su hijo y dejó a cargo a otra madre para que se lo llevará. Yo que salgo a la misma hora que ellos cuando llegue a la puerta de los de primaria ví a la madre esperando a que la otra mamá bajase con su hijo. Me pareció un acto un poco desagradable ya que la tutora solo quiere lo mejor para su hijo y no ví respetuoso su comportamiento. Por eso hablo de esta experiencia que tuve, fue la primera vez que ví una situación así y sé que me la voy a encontrar en un futuro, pero me sorprendió lo poco que esa madre y familia se implicó en la enseñanza de su hijo cuando veo que le quiere y que imagino que querrá lo mejor para él.
En conclusión, creo que todas las familias deberían de implicarse en la educación de sus hijos, pues al final es lo mejor para su desarrollo integral, independientemente si la familia tiene más o menos nivel socioeconómico. Yo como futura docente, por mi parte, intentaré dar lo mejor de mí a cada uno de los niños y siempre intentaré mirar por lo que es mejor para ellos tanto en lo académico como en lo personal para construir a unas personas buenas, fuertes e inteligentes dentro de nuestra sociedad.
Carmen Magán Jerez, 2º de infantil

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