A veces, la realidad nos golpea con testimonios que nos hacen llevarnos las manos a la cabeza, pero que son el pan de cada día en nuestras aulas y nuestros hogares. Hace poco, un experimento social en El Hormiguero ponía nombre y apellidos a una cifra que debería hacernos reflexionar: adolescentes de unos 16 años admitiendo un uso del móvil y de las pantallas de hasta 20 horas diarias. No refleja una distracción momentánea, sino que hablamos de jóvenes que son incapaces incluso de terminar de ver una película porque el impulso de mirar el móvil es más fuerte que su voluntad.
Enlace al vídeo en YouTube del experimento de El Hormiguero
El protagonista de este experimento es Marc Masip, psicólogo y experto en adicción a las Nuevas Tecnologías, que dirige el programa terapéutico Desconect@. Desde 2012, enseña a jóvenes y sus familias a reaprender a hacer un buen uso de las pantallas para evitar deteriorar sus relaciones personales y evitar casos de dependencia grave, como los que vemos en el vídeo.
Para entender esta necesidad, no podemos reducirlo a una simple fuerza de voluntad. Psicológicamente, estamos ante una ingeniería diseñada para secuestrar nuestra atención. Como explican expertos en neurobiología, las redes sociales funcionan con un sistema de refuerzo intermitente, donde cada scroll infinito o cada like libera pequeñas dosis de dopamina que nos mantiene atrapados en un bucle de satisfacción inmediata. Esta adicción encaja en el concepto de cultura líquida de Bauman, sumergidos en un entorno donde todo es inmediato y efímero, donde la capacidad de concentración profunda cada vez es menor. El problema no es que la información nos desborde, es que el diseño de estas aplicaciones busca que nunca veamos el fin.
Pero lo más preocupante no es que ignoremos a nuestro entorno cercano, sino que a veces nos olvidamos hasta de nosotros mismos. La verdadera adicción no se ve solo en el phubbing, sino en una falta de respeto hacia nuestra propia vida y salud. Hablamos de jóvenes que pierden la noción del tiempo hasta el punto de descuidar el descanso, la alimentación o sus obligaciones, como faltar a clase por el hecho de estar pegados a la pantalla del móvil. Es un descontrol donde uno ni siquiera se da cuenta del tiempo que está tirando a la basura, ya que, con esta dependencia, dejas de ser el dueño de tu vida para pasar a ser un usuario más.
Como futuro docente, creo que nuestra labor en las aulas no es la prohibición absoluta, sino convertirnos en ese guía que necesitan los alumnos para recuperar su autonomía. En un mundo donde la inmediatez lo marca todo, la escuela debe enseñar a usar la “brújula” para no perder el norte. No se trata de decir “no” a los móviles, sino fomentar una alfabetización digital; como proponen organismos como la UNESCO, que les ayude a entender cómo funcionan estos algoritmos para que no acaben siendo esclavos de la tecnología, sino usuarios críticos.
Al final del experimento, al recibir el alta de Desconect@, los chicos expresan algo fundamental: se sienten libres. Al soltar el móvil durante tantas horas, recuperan el control de sus decisiones y de su día a día. Educar, hoy, es ayudar a los chavales a recuperar su tiempo y su derecho a estar presentes en la vida real. El reto que tenemos como futuros maestros es demostrarles que, aunque el mundo digital es increíble, las cosas que realmente valen la pena no están detrás de una pantalla, sino que son pequeñas cosas como una tarde con amigos, un proyecto que te ilusiona o practicar tu deporte favorito.
Marcos Menchero Martín, alumno de 2º de Educación Primaria.
Marcos.Menchero@alu.uclm.es
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