miércoles, 6 de mayo de 2026

Entre la tiza y las pantallas: dos miradas a la escuela


En clase llevamos semanas reflexionando sobre cómo la tecnología ha transformado la educación: las TIC, la sociedad de la información, la velocidad con la que circulan los datos, la competencia digital… Todo esto aparece en el Tema 1 como si fuera algo inevitable, casi natural, como si la escuela siempre hubiera funcionado así. Pero me he dado cuenta de que, para entender de verdad este cambio, necesitaba algo más que definiciones teóricas. Necesitaba mirar la educación desde un lugar más cercano, más humano y más real. Ahí fue cuando se me ocurrió esta idea.
Pensé que, si quería comprender cómo han cambiado las aulas con la llegada de las pantallas, tenía que escuchar a quienes han vivido la escuela desde dentro, pero en momentos muy distintos. Por un lado, mi abuelo, que fue maestro durante más de cuarenta años en una época en la que la tecnología no formaba parte del aula ni de la vida cotidiana. Su escuela era la de la tiza, la pizarra verde, los cuadernos de caligrafía y los dibujos hechos a mano. Una escuela donde la memoria, la disciplina y la cercanía con las familias eran fundamentales.
Y por otro lado, una maestra actual, Sara Jiménez, que trabaja cada día en un aula donde las pantallas, las plataformas digitales y los recursos interactivos forman parte del día a día. Una escuela donde los niños aprenden rodeados de estímulos visuales, donde las familias esperan fotos de cada actividad y donde la tecnología abre posibilidades, pero también plantea nuevos retos.
Decidí entrevistar a ambos porque quería ver ese contraste con mis propios ojos: cómo se enseña sin pantallas y cómo se enseña con ellas; qué se ha ganado, qué se ha perdido y qué permanece igual. Dos generaciones, dos escuelas y dos formas de entender la enseñanza que, aunque parezcan opuestas, forman parte de la misma historia educativa.
Esta entrada es mi manera de entender mejor cómo ha cambiado la educación desde dentro, comparando dos miradas que, aunque muy distintas, se complementan.
 
ENTREVISTA A MI ABUELO: La escuela sin pantallas
Cuando me senté a hablar con mi abuelo, el objetivo inicial de la entrevista era claro: reflexionar sobre el uso de las pantallas en el aula y comparar su experiencia como maestro con la escuela actual. Sin embargo me di cuenta de que limitarme solo a las pantallas era casi empobrecer todo lo que su historia podía enseñarme. Escucharle hablar de su vida, de sus alumnos y de la forma en que entendía la educación me hizo ver que, en realidad, la pregunta de fondo no era únicamente si las pantallas son buenas o malas, sino qué tipo de relación queremos construir entre maestro, alumno y conocimiento.
Mi abuelo, Emiliano González Gómez, tiene 84 años y fue maestro durante más de cuatro décadas. Su historia como docente comienza en 1961, cuando llegó a la escuela rural de Palomarejos, una pequeña escuela de Talavera de la Reina donde la vida giraba alrededor del campo, las familias y el trabajo duro. Allí, en un aula única con pupitres de madera y una pizarra que ocupaba casi toda la pared, se encontró con un reto que hoy resulta difícil de imaginar: enseñar a niños y niñas de entre seis y doce años, todos juntos, todos con él como único maestro, todos avanzando a ritmos distintos, pero compartiendo el mismo espacio.
Mi abuelo y sus alumnos:


Mi abuelo me contó que en su época no existía nada parecido a la tecnología actual. No había proyectores, ni ordenadores, ni tablets, ni vídeos, ni plataformas educativas. La enseñanza se sostenía sobre tres pilares: la tiza, la pizarra y el libro. Pero lo que más me impresionó no fue la ausencia de pantallas, sino la presencia de su propio esfuerzo. Me enseñó un cuaderno que aún conserva, con dibujos hechos a mano: el sistema digestivo, el corazón, el cerebro, las partes de una planta, mapas hechos por él.... Aquellos apuntes eran su forma de suplir la falta de recursos visuales. Dibujaba órganos, esquemas, mapas, animales, figuras geométricas. Preparaba explicaciones a mano, copiaba textos, redactaba ejemplos. Lo hacía por las noches, después de un día entero en el aula, para que sus alumnos pudieran visualizar lo que él explicaba. Era su manera de evitar que todas las clases fueran iguales y de mantener viva la curiosidad de los niños.
 Ejemplos de sus cuadernos:


En un tiempo sin imágenes impresas, sin vídeos explicativos y sin acceso inmediato a la información, la creatividad del maestro era el recurso más valioso. Él mismo lo resumió diciendo que, si no existían materiales, había que inventarlos. Y eso hacía: inventar, adaptar, dibujar, explicar de mil maneras distintas hasta que todos entendieran. Su enseñanza no dependía de herramientas externas, sino de su capacidad para transformar una idea en algo visible, comprensible y cercano.
Cuando hablamos de las pantallas en el aula, su mirada cambió. No desde el rechazo, sino desde la distancia de quien ha vivido otra manera de enseñar. Me dijo que él no sabría usar nada de eso, pero que entendía que ahora es necesario. Los niños viven rodeados de estímulos digitales, de información constante, de imágenes que cambian cada segundo. Para él, el problema no es la tecnología en sí, sino la velocidad. Antes no había distracciones. La atención se entrenaba porque no había otra opción. La memoria era fundamental, no como castigo, sino como herramienta. Los niños se sabían las tablas, los ríos, las capitales, las oraciones… todo de memoria. Y el libro era la única fuente de conocimiento. Si algo no aparecía en él, simplemente no existía.
Sin embargo, también reconoció que una pizarra digital le habría permitido explicar mejor algunas cosas. Que un vídeo del corazón latiendo o una animación del sistema solar habría sido un recurso maravilloso. Pero insistió en que, incluso sin pantallas, se podía enseñar mucho. La clave estaba en la dedicación del maestro, en su capacidad para adaptar, crear y explicar. La tecnología, según él, es una ayuda, pero no sustituye la esencia de la enseñanza.
Hubo algo que me gustó especialmente: la relación entre la escuela y las familias. Mi abuelo me contó que muchos padres de Palomarejos eran analfabetos o apenas sabían firmar. No tenían recursos, no entendían los trámites y, en muchos casos, no sabían cómo ayudar a sus hijos a seguir estudiando. Él se ocupaba de todo, rellenaba matrículas, gestionaba becas, hacía el papeleo para que los niños pudieran ir al instituto en Talavera, explicaba a las familias qué significaba cada documento y, cuando era necesario, iba casa por casa para convencer a los padres de que dejaran a sus hijos continuar con los estudios en lugar de sacarlos al campo. Aquello no formaba parte de su horario ni de su contrato, pero sí de su manera de entender la educación: como un compromiso con el futuro de cada niño, más allá de lo que ocurría dentro del aula.
Esa parte de su historia me hizo pensar en cómo la escuela ha sido siempre un reflejo de la sociedad. En su época, la desigualdad era tan evidente que el maestro tenía que convertirse también en mediador, orientador y, en cierto modo, defensor de las oportunidades de sus alumnos. Hoy, aunque la situación ha cambiado, seguimos hablando de brechas: brecha digital, brecha de acceso, brecha de acompañamiento familiar. La diferencia es que ahora contamos con herramientas, recursos y políticas que antes no existían, pero el reto sigue siendo el mismo: garantizar que todos los niños tengan las mismas oportunidades.
Mientras le escuchaba, me di cuenta de que la escuela de hoy no podría existir sin la de antes, igual que la de mañana no podrá existir sin la de hoy. La tecnología ha transformado la enseñanza, pero no ha sustituido lo esencial: la relación humana, la capacidad de acompañar, la responsabilidad de educar. Su relato me recordó que la educación no es solo un conjunto de herramientas, sino una forma de mirar al otro, de creer en su potencial y de ayudarle a crecer.
Como futura docente, esta entrevista me ha hecho pensar en mi propio papel. Me ha recordado que la tecnología es una herramienta poderosa, pero que no puede reemplazar la dedicación, la creatividad ni la sensibilidad del maestro. Me ha hecho valorar la importancia de la calma, de la paciencia y de la humanidad en un mundo que va cada vez más deprisa. Y, sobre todo, me ha hecho sentir que la educación es un puente entre generaciones: entre la tiza y el algoritmo, entre la escuela de mi abuelo y la que yo viviré, entre lo que fuimos y lo que seremos.
Creo que, al final, esa es la verdadera esencia del cambio educativo, no elegir entre lo antiguo y lo nuevo, sino aprender a unirlos. Conservar lo que nos humaniza y aprovechar lo que nos impulsa. Escuchar a quienes enseñaron antes que nosotros y atrevernos a enseñar de otra manera. Y, sobre todo, recordar que, con pantallas o sin ellas, la educación sigue siendo un acto profundamente humano.
 
ENTREVISTA A SARA: La escuela de las TIC
Por otro lado, para poder comparar de verdad la escuela de antes con la de ahora, realicé también una entrevista a una maestra de Educación Primaria en activo. Quería ver cómo vive hoy un docente rodeado de pantallas, plataformas digitales, familias conectadas a todas horas y un alumnado que ha nacido prácticamente con un dispositivo en la mano. Me interesaba contrastar la mirada de mi abuelo, un maestro jubilado que enseñó sin tecnología, con la de alguien que trabaja cada día en un aula donde la tecnología forma parte del día a día. La persona que entrevisté fue Sara, maestra de 56 años y tutora de 4º de Primaria en un colegio de Talavera de la Reina.
Sara lleva más de treinta años enseñando y ha vivido la transición completa: empezó cuando la informática apenas entraba en los centros y ahora trabaja con pizarras digitales, tablets, plataformas educativas y aulas virtuales. Dice que, aunque al principio le costó adaptarse, hoy no se imagina dar clase sin ciertos recursos tecnológicos. En su aula utiliza la pizarra digital para proyectar vídeos, esquemas, mapas interactivos o ejercicios. También usa plataformas donde los alumnos entregan tareas, consultan materiales o realizan actividades personalizadas.

Sin embargo, no idealiza las pantallas. Me explicó que, aunque ayudan muchísimo, también tienen su parte complicada. Nota que los niños están tan acostumbrados a lo inmediato que les cuesta mantener la atención cuando algo no se mueve o no cambia de color. A veces, cuando hace una explicación más tradicional, ve cómo algunos se inquietan, como si les faltara “algo que pase en la pantalla”. Me dijo que, en ocasiones, tiene que recordarles que aprender no siempre es ver un vídeo o hacer clic, que también hay que escuchar, pensar, escribir, equivocarse y volver a intentarlo.
Me puso un ejemplo muy concreto: hace poco hicieron un experimento de ciencias con materiales sencillos. Ella estaba tan metida en la actividad que no hizo fotos. Esa misma tarde tenía varios mensajes de familias preguntando si al final habían hecho el experimento, porque no habían visto nada en la plataforma. Me confesó que le sorprende mucho esa necesidad constante de documentarlo todo, como si lo que no se fotografía no hubiera ocurrido. A veces bromea con sus compañeras diciendo que parece que, si no hay foto, no existe. Y reconoce que esa presión por “mostrar” puede llegar a agobiar, porque la clase no es un escaparate: es un espacio vivo, donde no todo puede ni debe convertirse en contenido para las familias.
La conversación sobre las familias siguió por ahí. Me explicó que la relación ha cambiado muchísimo. Antes, según ella, la figura del maestro se respetaba casi automáticamente. Hoy, en cambio, la comunicación es más constante, más directa y, a veces, más exigente. Las familias participan más, preguntan más, opinan más. Esto tiene un lado positivo ya que hay más colaboración y más seguimiento del aprendizaje. Pero también puede generar tensiones cuando las expectativas no coinciden o cuando se cuestiona el criterio docente. Aun así, Sara intenta mantener siempre un trato cercano y claro, porque sabe que la educación es un trabajo compartido.
Le pregunté cómo se siente enseñando en un mundo donde los niños crecen rodeados de pantallas. Me dijo que, aunque a veces es un reto, también es una oportunidad. Los alumnos de hoy tienen una capacidad enorme para aprender a través de lo visual, lo interactivo y lo digital. Pero necesitan a un guía. Necesitan aprender a usar la tecnología con responsabilidad, a distinguir información fiable de la que no lo es, a no depender de la pantalla para todo. Para ella, ese es uno de los grandes retos de la escuela actual: enseñar a convivir con la tecnología sin que esta sustituya la curiosidad, el pensamiento crítico o la capacidad de esfuerzo.
Mientras hablábamos, no pude evitar comparar su visión con la de mi abuelo. Él enseñó en un mundo sin pantallas, donde la memoria, la disciplina y la creatividad manual eran esenciales. Ella enseña en un mundo donde la información es infinita, pero la atención es frágil. Él dibujaba a mano los órganos del cuerpo para que sus alumnos pudieran entenderlos. Ella proyecta animaciones en 3D. Él rellenaba matrículas y becas para que los niños pudieran estudiar. Ella se comunica con las familias por las plataformas digitales. Él tenía que convencer a los padres de que dejaran a sus hijos estudiar. Ella, a veces, tiene que convencerlos de que no pasa nada si una actividad no tiene foto. Y, sin embargo, los dos coinciden en lo esencial: la tecnología puede cambiarlo todo, pero no puede reemplazar la humanidad del maestro.
Al terminar la entrevista, tuve la sensación de haber escuchado dos voces que, aunque separadas por más de medio siglo, hablan del mismo oficio. La escuela ha cambiado, la sociedad ha cambiado y los recursos han cambiado. Pero la esencia sigue siendo la misma: acompañar, enseñar, escuchar, guiar. Mi abuelo representaba la escuela de la tiza; Sara representa la escuela de las tecnologías. Y, entre ambos, se dibuja el camino que yo quiero recorrer como futura docente.

REFLEXIÓN FINAL
Cuando terminé las dos entrevistas, me di cuenta de que esta entrada del portafolio había acabado siendo mucho más importante de lo que imaginaba al principio. Mi idea inicial era simplemente comparar el uso de las pantallas en el aula entre un maestro jubilado y una maestra actual, pero al escucharles hablar entendí que detrás de esa comparación había algo mucho más profundo, dos formas de vivir la educación, dos épocas completamente distintas y, aun así, un mismo oficio que sigue teniendo el mismo sentido.
Hablar con mi abuelo fue como viajar a una escuela que ya no existe. Una escuela sin pantallas, sin internet, sin fichas impresas, sin vídeos… donde todo dependía del maestro. Me impresionó mucho ver sus cuadernos antiguos, con dibujos hechos a mano del cuerpo humano, de mapas, de plantas… y pensar que eso lo hacía él por las noches, después de estar todo el día en clase. También me impactó cómo se implicaba con las familias: rellenaba matrículas, pedía becas, explicaba papeles que los padres no entendían porque muchos no sabían ni leer. Siempre confiaban en él. Me hizo pensar que antes la figura del maestro tenía un peso enorme, no solo dentro del aula, sino en la vida de la gente.
La entrevista con Sara, en cambio, me enseñó cómo es la escuela de hoy. Ella trabaja rodeada de pantallas, plataformas, pizarras digitales y un alumnado que aprende de otra manera. Me contó cosas muy concretas que me hicieron ver lo diferente que es todo ahora: por ejemplo, que cuando hacen una actividad en clase, si no sube fotos a la plataforma ese mismo día, ya tiene mensajes de familias preguntando si “al final lo hicieron”. Me dijo que a veces siente que si no hay foto, parece que no ha pasado nada. Eso me hizo pensar en cómo la tecnología no solo ha cambiado la forma de enseñar, sino también la forma en que las familias viven la escuela.
Y aquí es donde empecé a reflexionar más a fondo sobre las TIC. Porque, escuchando a los dos, entendí que la tecnología tiene ventajas enormes, pero también inconvenientes que a veces no vemos. Por un lado, las TIC permiten acceder a recursos increíbles, explicaciones visuales, actividades interactivas, materiales adaptados… y eso puede hacer que los niños entiendan mejor y se motiven más. También ayudan a personalizar el aprendizaje y a que cada alumno avance a su ritmo. Pero, por otro lado, también pueden generar distracciones, dependencia, impaciencia y una necesidad constante de inmediatez. Y, además, pueden crear desigualdades entre quienes tienen más recursos en casa y quienes no. Me di cuenta de que la tecnología no es buena ni mala por sí misma: depende del uso que hagamos de ella y del equilibrio que sepamos encontrar.

Pero lo que más me llamó la atención es que, aunque sus realidades son completamente distintas, tanto mi abuelo como Sara coinciden en lo esencial. La tecnología puede ayudar muchísimo, pero no puede sustituir la figura del maestro. Ni la paciencia, ni la creatividad, ni la forma de acompañar a los alumnos. Eso me hizo pensar que, aunque la escuela cambie, hay cosas que no deberían cambiar nunca.
Esta contribución a la revista es importante para mí porque me ha permitido reflexionar de verdad sobre la educación, no solo desde lo que estudiamos en clase, sino desde las voces de personas que han vivido la escuela desde dentro. Me ha ayudado a pensar en qué tipo de maestra quiero ser, en cómo quiero usar las pantallas y en qué cosas no quiero perder nunca, por mucha tecnología que haya. También me ha hecho ver que la educación cambia, pero que la esencia sigue siendo la misma: acompañar, enseñar, escuchar y creer en los alumnos.
Por eso considero que esta entrada es tan valiosa. No es solo una comparación entre dos entrevistas, sino una forma de entender la educación como un puente entre generaciones. Creo que, al final, eso es lo que más me ha gustado de este trabajo: que me ha permitido unir historias, miradas y experiencias para entender que, con pantallas o sin ellas, la educación sigue siendo un acto humano.
Inés Castañeda González
Educación Primaria 2ºA

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