Cuando comencé el grado de Educación Primaria, tenía una gran certeza de que la tecnología iba a transformar el aula en un lugar más acogedor, dinámico y motivador para todo el alumnado. Sin embargo, a medida que he ido avanzando en el curso e incluso en el grado, he llegado a la conclusión de que realmente no siempre está claro cuándo la tecnología puede ayudar y cuándo puede llegar incluso a entorpecer.
Cabe destacar que, según diversas investigaciones, el 98% de los niños y adolescentes de entre 10 y 15 años utilizan internet en España, y muchos de ellos durante varias horas al día a través del móvil. Esto, en muchas ocasiones, lleva a no saber distinguir entre una fuente fiable y una noticia falsa, a no gestionar adecuadamente el tiempo de pantalla de una manera saludable o incluso a desarrollar un pensamiento crítico insuficiente.
Por ello, cabe señalar que la escuela presenta un papel fundamental que va mucho más allá de llenar las aulas de dispositivos móviles, tablets o pizarras digitales. Es muy importante saber trasladar a las aulas el uso de las TIC de manera adecuada, para que los niños aprendan cómo utilizarlas y no simplemente a consumirlas. Esto está ligado al desarrollo de la competencia digital de una manera más transversal, así como a la protección de la privacidad propia, a la colaboración en entornos digitales con responsabilidad y respeto, a aprender a buscar y contrastar información y a valorar los aprendizajes sin necesidad de utilizar siempre un dispositivo digital.
Desde mi experiencia como estudiante de Magisterio en Educación Primaria, reflexionando y progresando, veo que la clave está en la responsabilidad y en la intencionalidad pedagógica con la que se lleve a cabo el uso de la tecnología. El profesorado del siglo XXI no necesita ser un gran experto en programaciones o herramientas digitales, pero sí necesita una formación suficiente para saber cuándo la tecnología sirve al aprendizaje y cuándo es mejor no utilizarla. Esto se debe a que una actividad bien diseñada con apoyo digital puede ser muy enriquecedora; sin embargo, esa misma actividad, si no se plantea adecuadamente, puede derivar en un consumo pasivo de vídeos o en búsquedas poco adecuadas en Google.
Por último, termino con una idea que, a medida que voy avanzando, considero cada vez más relevante: educar en y con tecnología es, además de una exigencia de la sociedad digital y del mercado laboral, una cuestión educativa y de equidad. Esto se debe a que garantizar el acceso y el buen uso de las tecnologías, así como fomentar la competencia digital independientemente de la situación familiar o del origen del alumnado, es uno de los grandes retos de nuestra profesión como maestros y maestras.
Y, por ello, esa es la maestra que quiero llegar a ser.
María del Carmen Melchor Pimentel
2º educación primaria
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