A lo largo de estos años me he dado cuenta de que la escuela y la sociedad no son dos cosas separadas, aunque a veces lo parezcan. En el aula pasan cosas que no salen en los libros, pero que dicen muchísimo de cómo somos como personas. Por ejemplo, hace ya un tiempo un niño me preguntó por qué algunos compañeros no tenían los mismos materiales que él. No supe qué contestarle al principio, pero esa pregunta me recordó que la desigualdad no es algo que solo se estudia, si no que realmente se vive, se ve y se siente.
Y ahí es cuando pienso que la educación tiene un papel enorme, aunque no siempre seamos conscientes de ello. No hablo de grandes discursos ni de proyectos perfectos, sino de esos momentos pequeños que te hacen parar y reflexionar sobre la sociedad. Como cuando dos niños que nunca juegan juntos deciden compartir un juguete sin que nadie se lo pida. O cuando una niña explica que en su casa hablan dos idiomas y todos la escuchan como si estuviera contando un secreto importante. Esas cosas, que parecen tontas, son las que construyen sociedad de verdad.
La escuela es un sitio raro en el buen sentido ya que hay una mezcla de personas distintas, historias distintas, formas de pensar que a veces chocan y otras veces encajan sin esfuerzo. Y ahí, en ese caos que es bonito, es donde se aprende a convivir. No porque alguien lo explique en una pizarra, sino porque lo vives cada día. Aprendes a esperar, a respetar, a pedir perdón, a entender que no todos ven el mundo igual que tú.
Creo que la educación tiene ese poder de cambiar cosas sin hacer ruido. No transforma la sociedad de golpe, pero sí planta semillas y es muchas veces la base de los grandes cambios. Una conversación, un gesto, una actividad que parecía simple… y de repente te das cuenta de que estás enseñando algo mucho más grande que un contenido.
Por eso, cuando pienso en “Educación y Sociedad”, no me imagino teorías ni definiciones como tal. Me imagino un aula llena de vida, de preguntas, de risas, de conflictos que se resuelven como se puede, de niños que aprenden a ser personas mientras nosotros intentamos acompañarlos sin estorbar demasiado, es decir de diversidad y diferencias que hacen a todos únicos.
Y al final, creo que eso es lo que realmente cambia el mundo, las pequeñas cosas que pasan en un aula cualquiera, un día cualquiera, sin que nadie lo note, pero que al final, van logrando grandes cambios.
Referencias:
Delors, J. (1996). La educación encierra un tesoro. UNESCO.
UNESCO. (2015). Replantear la educación: ¿Hacia un bien común mundial? UNESCO Publishing.
Claudia Pinel Pinto
Correo: Claudia.Pinel1@alu.uclm.es
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