lunes, 26 de mayo de 2014

¿Pueden las tecnologías sustituir a los docentes?

Las Nuevas Tecnologías han llegado a la educación como una herramienta y no como elemento sustitutivo del docente. Algunos creen que esto puede llegar a pasar, que una máquina sustituya a un profesor/a.

Las nuevas tecnologías nos sirven para aprender pero quién realmente educa son los docentes ya que se transmiten día a día aquellos aspectos que serán claves para el desarrollo de los alumnos. El docente no es solo un mero transmisor de los conocimientos sino es un gestor de emociones.

Con las tecnologías se aprende pero los profesores son los que potencian esos aprendizajes y sacan el mayor partido al desarrollo de las capacidades y habilidades de los alumnos.

Las Nuevas Tecnologías en la Educación se conciben como herramientas para dar solución a determinadas preguntas, pero esta solución en muchas ocasiones está exenta de interpretación. Y ahí la figura del docente resulta nuevamente necesaria e insustituible

La Educación debe basarse en el libre pensamiento, en la crítica constructiva, en la reflexión y el cuestionamiento, en el aprendizaje cooperativo. Y en todos estos aprendizajes el docente se hace tan necesario como insustituible. El misterio de la poesía, el doble sentido del lenguaje, el humor y la ironía, la anécdota de un acontecimiento histórico, la emoción de una obra artística

Algo muy importante en la educación es la interacción y eso es otro factor que hace que una máquina nunca pueda sustituir a un docente. Cuando interactuámos con nuestros alumnos lo que estamos haciendo es influir sobre ellos, producir un efecto, transformando una respuesta en otras pregunta y formulando preguntas con muchas respuestas.

Pueden transformar la interacción en inspiración. El profesor es aquel que es capaz de emocionar, de mover y conmover el espíritu de sus alumnos, de llegar a lo más hondo de sus sentimientos, de causar admiración.

Por lo que podemos decir que las personas necesitamos a personas y no a máquinas para crecer y definir nuestra personalidad.

Gracia Galán López


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