miércoles, 23 de abril de 2014

Compartiendo vivencias y reflexiones en atención a la diversidad

Desde que entré en el colegio, a los tres años, tuve un compañero un tanto especial. Todos y cada uno de nosotros lo sabíamos, pero no nos molestábamos en pensar en que le pasaba. Él  jugaba con nosotros como uno más con la plastilina, con los juguetes o las pegatinas.

Recuerdo que ese niño estuvo muchos años con nosotros, hasta segundo de primaria, cuando su mamá le saco de aquel colegio.

Recuerdo a ese niño feliz, con todos nosotros, totalmente integrado. Lo más especial de él eran sus manos, tenía unas manitas muy gorditas, y en el recreo me agarraba la mano y jugábamos.

Todos nos peleábamos para jugar con José Antonio, ya que era un niño muy especial y cariñoso.

Le recuerdo integrado con todos nosotros, nunca nos preguntábamos que le pasaba, porque no hablaba como nosotros, o porqué llevaba un aparato en el oído. Simplemente, jugábamos con él, le cuidábamos cuando se subía a las sillas, ya que teníamos miedo de que le pasara algo. Aún no sabemos lo que le pasaba, ya que tenía una enfermedad rara.

Recuerdo la tristeza de su madre, ya que ahora, como persona adulta sé lo que estaba sufriendo.

José Antonio tenía un hermanito más pequeño con el que también jugábamos, pero también era diferente, era igual que él, siempre iba con un chichón en la cabeza, ya que era un poco patoso. Todos estábamos pendientes de ellos, eran nuestros amigos ¿Por qué no los íbamos a cuidar si jugaban con nosotros a la pelota?

Quizá se trabaje la integración de todos los niños especiales en los colegios, pero creo que realmente el problema no es directamente por lo demás alumnos si no, por el sistema y por la poca capacidad de adaptación del currículo.

Creo que si dependiera totalmente de los niños que rodean al niño con dificultades y que si el colegio solo se tratara de ser feliz y jugar, el niño estaría totalmente integrado.

En mi caso, conocí a José Antonio a los tres años y hasta los siete estuvo en mi clase. Padecía una enfermedad rara en el que se sus órganos crecían pero su cuerpo no. Era especial, porque no he conocido persona más cariñosa que él.

Vuelvo a decir que siempre se cogía de la mano de alguno de nosotros y pienso que él era feliz.
Aunque ahora no esté con nosotros, creo que todos los niños que estábamos en esa clase le recordamos como alguien que estuvo en nuestras vidas, alguien que nos aportó cariño con una mirada y no con palabras, ayudar a las personas y sobre todo apreciar los detalles aunque fuéramos demasiados pequeños para entender las circunstancias de José Antonio.

Cristina Recio Chamorro 1º Educación Infantil.

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