miércoles, 16 de diciembre de 2015

Acoso escolar y complicidad


En mayo de este mismo año, Arancha, una chica de 16 años se arrojó por el hueco de las escaleras de su casa. Carla, de 14, saltaba desde un acantilado en 2013. El pasado octubre un niño de 11 años decidió acabar con su vida tras dejar una nota a sus padres pidiéndoles perdón y diciéndoles que no quería ir al colegio. ¿Qué está ocurriendo en los centros escolares? ¿Hasta dónde hemos llegado? ¿Cómo hemos dejado que la situación escape a nuestro control?


Hablamos del acoso escolar, por supuesto. Un problema social que afecta a 1 de cada 4 menores escolarizados en España y que los colegios no reconocen como tal, ya sea por desconocimiento o por el temor a una mala publicidad; al fin y al cabo, ¿quién quiere tener fama de albergar cualquier forma de acoso en su centro? De vez en cuando oímos casos en las noticias, observamos con estupor que se producen suicidios, que muchos escolares padecen importantes traumas, situaciones que abocan en que el desarrollo de muchos alumnos quede considerablemente dañado… y que son contadas las ocasiones en se toman medidas: escasas a priori y pocas a posteriori. Y esto, señores, no se puede permitir por más tiempo. ¿Qué les parece si de una vez nos implicamos todos los agentes, todos los protagonistas, todos los que, en alguna ocasión por pasividad y en otras por mirar hacia otro lado, somos de alguna manera cómplices?

Que es un problema difícil de combatir lo sabemos, que es todavía más complicado de identificar, y por consiguiente de erradicar, por el silencio que practican algunos alumnos ante el temor a ser represaliados,  también lo asumimos. Pero no es menos veraz que, como cualquier conflicto complejo, requiere que TODA, digo toda la Comunidad Educativa, la sociedad civil, las instituciones... pongamos manos a la obra de una vez; porque no nos equivoquemos de nuevo: no hacerlo es una irresponsabilidad compartida que nos convierte en culpables de tal aberración.

Además, las nuevas tecnologías, como todo avance tecnológico, nos ofrecen herramientas que suponen importantes avances en todos los campos de la sociedad del conocimiento y del ocio pero comportan sus peligros y aquí hay que estar muy atentos, especialmente en lo que afecta al desarrollo de las personas, a la educación. Porque el ciberacoso no es un problema independiente y creado por las redes sociales, es el acoso escolar de siempre vestido de “prada” que los jóvenes han canalizado a través de su canal de comunicación preferido, pero que alcanza una inmediatez y fuerza brutales. Pero vuelvo a insistir: vigilar que esto no se produzca es tarea de muchos.

No olvidemos otras formas más sutiles, casi imperceptibles, de acoso psicológico y que pueden tener peor repercusión que cualquier agresión verbal, como el aislamiento intencionado por parte compañeros que no permiten participar a la víctima en actividades sociales conjuntas, negándole la palabra o ignorándola, dinámicas que llevan a las personas que no participan activamente en el acoso a desentenderse del fenómeno por temor a ser nuevas víctimas.

Entrando en lo más importante, las soluciones, nos preguntamos: ¿Cómo podemos actuar para prevenir el acoso escolar?

      Lo primero de todo es concienciar a los adultos para que sepan reconocer los primeros indicios en el entorno de la víctima. No estamos hablando de agresiones físicas, que pueden darse o no y suponen la culminación de un proceso muy complejo. Nos referimos al acoso psicológico que se traduce en motes despectivos, insultos, intimidaciones o rumores malintencionados, que hacen que el acoso vaya creciendo en intensidad. Malos ejemplos de esta no educación lo damos los adultos en situaciones cotidianas: actitudes en la conducción del día a día; aficionados en partidos de fútbol… o, lo que es peor, actuaciones lamentables de padres en partidos que juegan sus hijos.


Somos los adultos los que podemos poner freno a esta realidad sin tener que implicar al agredido. Bajo ningún concepto se puede minimizar el problema o pensar en la típica coletilla: “son cosas de niños”. Debemos enseñar a estas nuevas generaciones que el acoso es muy grave y que burlarse de otros no es gracioso, esta concienciación constituye un paso de gigante para que tomemos la actitud correcta.

Y no perdamos de vista la necesidad de educar en valores, dentro y fuera de la escuela: Respeto, tolerancia, dejar hablar, escuchar, concienciar de que no somos el centro del mundo… Es primordial hablarles de casos reales, hacer un ejercicio de empatía para que todos puedan ponerse en el lugar de una persona acosada.

Haciendo entender el problema en su adecuada perspectiva, podremos hacerles conocedores de las herramientas que existen para denunciar el acoso y remarcar el concepto de que denunciar no es chivarse sino actuar de forma justa.  Ya existen programas especializados en muchos centros de nuestro país para luchar contra esta problemática, pero la solución debe partir de nuestros valores. Valores que debemos inculcar y practicar como paradigma de vida.

Pero tampoco debemos  confundir cualquier incidente aislado con el acoso: los niños se pelean, eso es una realidad, el problema viene cuando la agresión se convierte en reiteración, en cotidianeidad. No hacer nada nos convierte en parte muy importante del problema y el papel de los padres es esencial para detectarlo a tiempo. Debemos estar muy atentos a los cambios de conducta, a lo síntomas psicosomáticos, al estado anímico o a  las negativas a ir al colegio. Hay que actuar en cuanto se detecte cualquiera de estos síntomas o se aprecie cualquier tipo de abuso.

Hasta que no seamos conscientes del grave problema que supone en el desarrollo de cualquier niño y en cómo puede llegar a marcar su conducta futura, nunca solucionaremos el problema. El sistema está poniendo a disposición de todos los mecanismos necesarios para acabar con esta pesadilla, ¿no creen que deberíamos aprovecharlos y no mirar hacia otro lado alegando que es algo que ha pasado durante toda la vida? No nos convirtamos en cómplices como meros espectadores de la función.

¿Nos implicamos?

Miguel Ángel Heredia
Presidente de Fundación Piquer
Colaborador habitual de la Revista Digital El Recreo

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