domingo, 15 de marzo de 2015

¿Son necesarias las escuelas?

Profesor D. Agustín Chozas
"Sin embargo... 
en cada vuelo, 
en cada vida, 
en cada sueño, 
perdurará siempre la huella del camino enseñado “ 
(Mario Benedetti) 


Puede sorprender que se ponga en duda, para empezar, una cuestión que parece indiscutible. A primera vista, nadie se atrevería a dudar sobre la necesidad de que existan las escuelas, sobre la necesidad de que niños y jóvenes asistan obligatoriamente a las instituciones educativas. 

¿Dónde está, pues, el problema que se plantea? En resumen, en la práctica histórica: las escuelas han sido (y lo siguen siendo) espacios frecuentes para la manipulación política, campos de batalla de intereses bastardos alejados de todo punto no ya del bien común, sino hasta del sentido común. Habrá que argumentar esta afirmación: diez argumentos y un epílogo. 

1.- La falacia de las “leyes de educación “. Desde la Constitución española hasta hoy no ha dejado de crecer la selva legislativa. Leyes de ámbito estatal, de rango autonómico, iniciativas mil, errático y sin objetivos realmente educativos. Al final, se ha configurado un cuadro teatral como si se tratara de un producto en el mercado. ¿Dónde está la bonanza educativa? Los resultados publicados no animan demasiado y, lo que es peor, crece la desazón como si se estuviera ante algo irremediable. Después de tres décadas de legislación educativa habrá que concluir que ni el problema está en las leyes, ni éstas responden a la realidad de las escuelas. Si entramos en el detalle de los planes del estudio y el currículum de materias y asignaturas, la instalación permanente de la enseñanza española en el siglo XIX es una evidencia. 

2.- Apelación al sentido común. ¿Por qué los expertos legisladores educativos no se toman la molestia de conocer qué son en la realidad cotidiana las escuelas? La respuesta puede estar en que lo real no coincide con intereses miopes, porque el “largo plazo educativo” no responde bien a la necesidad de que toda medida política dé buenas rentas hoy, no mañana. 

3.- Las cifras de la inversión educativa. Sencillamente, suelen ser mentiras construidas con medias verdades. En el mejor de los casos, no son transparentes y, en consecuencia, no debieran ser tenidas en cuenta como aval de la acción política y educativa. 

4.- Las necedades de un currículum anclado en el pasado, acumulativo, repetitivo, con contenidos fuera de la realidad y, lo que es peor, ideologizados por intereses fuera también de las exigencias del tiempo presente. ¿Se querrá abordar alguna vez, por ejemplo, la cuestión de qué saberes básicos son objetivamente básicos en la educación primaria? 

5.- Los centros están siempre en el punto de mira del “gran inquisidor”. Debiera, cuando menos, suponerse que los profesores son quienes mejor conocen las escuelas o, en todo caso, quienes están en mejor disposición para tener un conocimiento contrastable. Pues, no parece tal. El ojo político, el ojo del experto, el ojo del teórico, del “gran gendarme” ha decidido vigilar sus intereses, proclamar la autonomía de los centros, pero “con nosotros delante”. 

6.- El profesorado también tiene su parte en la imagen deformada de las escuelas. La atonía, la falta de responsabilidad profesional, la falta de sentido altruista de su trabajo y el adocenamiento se han adherido, en no pocos casos, a una práctica en la que las minorías han ido cediendo los espacios de la ética profesional, del buen estilo, del sentido del trabajo “pese a todo”. 

7.- La necesaria regeneración profesional. Existen las salidas y el profesorado podría librarse de la atonía social dominante y absorbente si empezara eliminando tanto ídolos de la tribu como se han ido acumulando en una larga tradición histórica: la falsa representatividad, la floración permanente de expertos educativos, el manual de soluciones inmediatas, las promesas, los milagros repentinos, la necedad, en una palabra. 

8.- ¿Qué hacer con los entrometidos? Merecen un capítulo aparte y constituyen una fauna que invade sin pudores los espacios que debieran estar reservados a los concernidos en las escuelas; alumnado, profesorado, familias. El resto… es paisaje e ignorancia. Y la ignorancia no la resuelven los votos, por cierto. Ni los votos son un blindaje universal o un cheque en blanco. El voto obliga al respeto. 

9.- Las escuelas no son respetadas en la medida en que son el lugar básico del derecho humano a ser humano. Las escuelas responden a necesidades humanas que son derechos humanos y, por lo mismo, obligan a todos. 

10.- Escuelas tan deformes están dejando de ser necesarias para sociedades tan complejas como las actuales. La sociedad ha perdido finura olfativa y vale cualquier camino que conduzca al éxito social y económico. ¿Era eso la educación? 

Epílogo. Son necesarias otra escuelas que se basen no ya en el sentido común (parece deseable) sino en el bien que sea común a todos los humanos por ser tales, es decir, escuelas que recuperen el valor de los derechos humanos en una sociedad global que no deje descolgados a los más débiles e indefensos, ahondando la desigualdad y, finalmente, que sean fuertes para poner coto a los invasores. (Lectura recomendada: “La economía del bien común”, Christian Felber, 2012). 

Agustín Chozas Martín - Profesor e Inspector de Educación
Marzo 2015 en Revista educa-t nº 7

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