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lunes, 1 de junio de 2026

Más allá de la fachada, mirar y comprender a través del corazón

A veces nos pasamos la vida reaccionando a lo que los demás nos lanzan, ya sea un mal gesto, una palabra cortante o, como en la historia de César Bona, finalista de los mejores profesores del mundo, un escupitajo. Lo más fácil es enfadarse, poner una etiqueta o el prejuicio de "persona difícil" y levantar una barrera difícil de romper. Pero cuando ves la charla de César y escuchas este relato, te das cuenta de que ese “escupitajo” no era una agresión, sino que era realmente un grito de ayuda de alguien que se sentía invisible y necesitaba atención.

Me hace pensar en cuántas veces vamos por el mundo con el caparazón puesto, a veces juzgando a los demás por su portada y no nos paramos a pensar en la tormenta que llevan dentro, en cómo son sus vidas realmente, en qué cruces cargan. El gesto de César de sentarse junto al niño y, en lugar de regañarlo y sobre todo juzgarlo y tacharlo para siempre, preguntarle qué le pasaba, es de una humanidad que no todo el mundo tiene. Este gesto nos recuerda que nadie nace queriendo hacer daño, a veces la misma sociedad es la que daña al humano, “el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe” (Rousseau); a veces, escupimos al mundo porque sentimos que el mundo nos ha dado la espalda primero, cuando no es así.

Desde un lado más filosófico, esta historia me dice que todos somos un poco ese niño en algún momento. Todos hemos sentido ese vacío de pensar que no le importamos a nadie y hemos reaccionado de formas de las que no nos sentimos orgullosos y de la que nos arrepentimos, pero los errores que tenemos nos forman como personas y muchas veces es necesario para aprender, errar es algo humano, es la primera vez de todos viviendo. Lo que realmente necesitamos no es alguien que nos castigue por nuestra mochila pesada, sino alguien que tenga la paciencia de sentarse a nuestro lado hasta que volvamos a encontrar nuestra propia luz.

Al fin y al cabo de eso se encarga un maestro, de ser la luz que ilumina al niño o a la niña en un camino oscuro y lleno de piedras con las que es muy fácil tropezarse. Hay que ser paciente, claro, pero lo que más hay que ser es humano, no hay que olvidarnos de eso porque muchas veces la respuesta está en la bondad y en pensar “no sabes lo que le ocurre verdaderamente a esa persona que ha tenido un mal gesto o palabra contigo”. Como maestros, nuestra obligación es mirar más allá de la fachada, intentar mirar el corazón y sobre todo, comprenderlo.

Al final, la reflexión que me queda es que la verdadera magia de vivir no está en tener la razón como profesores o en imponer nuestra autoridad, sino en la capacidad de mirar a los ojos a otra persona y decirle, sin palabras: "Entiendo que no sabes cómo pedir ayuda y has explotado". Porque cuando alguien se siente escuchado y querido, ya no necesita escupir para demostrar que existe. La amabilidad, el amor y la bondad, aunque parezcan frágiles, son las herramientas más poderosas que tenemos para arreglar lo que está roto.

A partir del minuto 8:00 - 




Beatriz Vegue Martín.

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