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lunes, 20 de abril de 2026

Requiem por los libros perdidos. 23 de abril: Día Mundial del Libro

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Requiem por los libros perdidos


Por Luciano Andrés Valencia

   Siento mucho dolor cuándo veo que se maltrata un libro. Lamentablemente he sido testigo en numerosas oportunidades de esta práctica, lo que me lleva a reflexionar sobre el valor que la sociedad en la que vivimos le da a este producto tecnológico que en sus páginas puede condensar un saber generacional que debe ser honrado y respetado. Aunque no siempre pasa así.

   Una parte importante de los libros de mi biblioteca son "rescatados". Me refiero con ello a material bibliográfico que perteneció a personas fallecidas que, al momento de vender sus viviendas, los herederos o compradores sacaron a la basura sus bibliotecas, o a libros desechados por oficinas públicas y empresas privadas. Gracias a que me he encontrado con cajas dejadas en entradas de edificios, que alguien me ha informado que iban a desechar o que me han regalado libros desechados pude rescatar este material.

   Debo decir que por este motivo me he hecho con libros en buen estado de escritores ganadores del Premio Nobel, tratados filosóficos y científicos, clásicos de la historia, colecciones y obras que hace décadas que no se reeditan. Aunque disfruto poder contar con este material, no puedo dejar de pensar que por cada libro rescatado hay miles que terminan en los rellenos sanitarios. ¿Cuántos autores que pusieron sus sentimientos, ideas, reflexiones, investigaciones y experiencias enriquecedoras terminaron sepultados junto a los residuos domésticos e industriales?

   El libro que le falta a un niño en edad escolar o el que un estudiante universitario está ahorrando para poder comprar puede estar siendo arrojado a la basura en este momento.

   Mucho se ha escrito sobre las múltiples destrucciones de la Biblioteca de Alejandría, en donde se perdió gran parte del conocimiento de la época, pero ¿cuántas pequeñas "Alejandrías" son destruídas cada día en el mundo? Me duele que exista una sociedad que trate de este modo a la cultura.

   Pero mientras a nivel individual se desechan libros como si fueran residuos, las clases dominantes actúan a escalas masivas. Desde la Antigüedad la destrucción de libros incómodos fue un deporte para quienes ejercían el poder. En la Edad Media existía un Index Librorum Prohibitorum realizado por la Iglesia Católica Romana: la posesión de un libro de este catálogo implicaba la destrucción de los ejemplares y la condena a la hoguera de su propietario -como posiblemente le había pasado antes al autor-. Jorge Luís Borges ("La Muralla y los Libros", Nuevas Inquisiciones, 1955) le atribuye al emperador amarillo Shih Huang Ti el haber quemado todos los libros anteriores a él porque no lo mencionaban, en un acto que sería el equivalente oriental de las destrucciones de Alejandría. En la Alemania Nazi (1933-1945) se quemaron miles libros (y en algunos casos a sus autores) que contradecían su ideología supremacista y totalitaria. Ni siquiera las obras de Albert Einstein o de Sigmund Freud se salvaron de las hogueras fascistas. La Dictadura Cívico Militar argentina (1976-1983) actuó de un modo más perverso: no sólo destruyó miles de libros, discos y videos considerados "subversivos del órden social", sino que instauró un miedo que llevó a que en los hogares se optara por quemar, enterrar o emparedar bibliotecas que podían ser sospechosas de poseer material prohibido por el régimen.

   En mis primeros años de universidad un profesor me recriminó por usar el término "genocidio cultural". Según explicó, el genocidio solo se puede ejercer contra los seres humanos y no contra los bienes culturales. Seguramente tenga razón, pero no podemos ignorar que la destrucción del conocimiento suele acompañar a las prácticas genocidas. Junto con el exterminio de miles o millones de personas también se intenta borrar la cultura de los pueblos para que nadie recuerde, para que nadie reclame.

   Hoy asistimos a formas más sutiles de destrucción de bibliotecas. El costo del papel ha llevado a un aumento considerable del precio de los libros -lo que vuelve más irracional que se los arroje a la basura-, junto con un mercado editorial que favorece a determinados autores en un intento de borrar la diversidad de voces. Por suerte las editoriales independientes, los proyectos culturales comunitarios y las revistas autogestionadas hacen un contrapeso a este fenómeno, pero su supervivencia se encuentra amenazada por las fluctuaciones de las economías locales, nacionales y globales.

   Los recortes en educación y cultura ponen a las bibliotecas y centros culturales en riesgo de cerrar sus puertas. ¿Dónde van a terminar esos libros y otros productos culturales que albergan cuando esto suceda?

   Por último me gustaría mencionar el peligroso discurso que dan algunos youtubers, influencers o creadores de contenido en contra de la educación y la cultura, llamando a los más jóvenes a no continuar con sus estudios porque resulta "más rentable" invertir en criptos o producir para las redes sociales. Como si la educación solo fuera una vía para hacer dinero en lugar de una de las formas por las que el ser humano se realiza más allá de sus necesidades básicas y adquiere un pensamiento crítico frente a la realidad. Las bibliotecas también se destruyen cuando no se fomenta en las nuevas generaciones el amor por el conocimiento.

   Por eso es importante preguntarnos qué hacemos como sociedad para proteger, difundir y preservar los bienes culturales. Si debemos seguir tolerando la destrucción de libros, el cierre de bibliotecas y centros culturales, y el desfinanciamiento de la cultura y la educación.

   La cultura la hacen los pueblos, no solo los artistas y los intelectuales. La hacen cuando la producen, pero también cuando preservan sus bienes culturales en lugar de desecharlos y la defienden de los atropellos de los poderosos que quieren callar las voces críticas e incómodas. 


Sitio web del autor: https://elrefugiadodelaspalabras.blogspot.com/

Instagram: https://www.instagram.com/luciano.andres.valencia/ 


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